Este lunes tuvo lugar el concierto de inauguración del XXXI Ciclo de Lied que se da cita en el Teatro de la Zarzuela. Fue la soprano francesa Sabine Devieilhe y el pianista Mathieu Pordoy quienes abrieron este ya tradicional festival de la escena madrileña del que hablamos en la presentación de la temporada.
A la hora convenida, las luces de la gran lámpara de araña que corona la sala principal del teatro se atenuaron y una sencilla Sabine salió a escena. Con el pesado y elegante telón burdeos de sola escenografía, Pordoy, Devieilhe y el piano de cola eran los tres únicos personajes que actuarían esa tarde. Recogidos por la negra concha acústica y a juego con ella, solo destacaba del conjunto el fajín dorado que la soprano lucía en la cintura de su vestido.
Como si de una narradora de cuentos se tratase, se dispuso a leer en español de un libro que la acompañó toda la noche. Hizo la presentación de un repertorio que llevará en gira internacional y que en sus palabras, daba voz a distintas voces: la que anhela, la que ama, la que grita. Con verdadera libertad creativa, el dúo ofreció un primer bloque de nanas, nanas cantadas para un auditorio adulto que necesita apaciguar su interior en este ambiente convulso que vivimos. Nanas para que, como dijo Sabine, nos devuelvan la calma y la paz.
Tras un primer anuncio de un cambio de última hora en el programa, la voz comenzó dando voz a la historia de Loreley de Lizst. El incipiente ambiente íntimo y analógico se vio truncado por un traspiés en medio del lied cortando el canto que sugirió los peores presagios. La tecnología jugó una mala pasada, de hoja, al pianista, que saltó una página de más en su Tablet e hizo tropezar a la cantante. Pero pudieron encontrarse y retomar con la fuerza necesaria para seguir este canto tan contrastante y operístico, premonitorio de Tristan und Isolde de Wagner, en palabras de María del Ser.
Comenzó el ciclo de nanas compuesto por grandes éxitos del lied como Nacht und Traume y Du bist die Ruh de Schubert (con preciosos finales en unos pianissimi perfectamente timbrados) intercalados con piezas anónimas como la simpática Le petit chat triste en la que el pianista tuvo una participación muy reseñable en forma de maullido. El dúo ensambló las canciones con verdadero ritmo y belleza que culminó con un fundido a negro de toda la iluminación del teatro hasta llegar a escuchar el final del solo de piano En rêve de Liszt en total oscuridad. El ambiente íntimo siguió hasta el descanso disfrutando de dos piezas de Strauss cantadas con devota emotividad: Meinem Kinde y Die Nacht. Después, el conocidísimo Oh! Quand je dors, de Liszt. Ein Traum de Edvard Grieg dio fin la primera parte.
La soprano francesa pudo ya lucir sus más preciados encantos técnicos en la segunda parte. Intercaló tres de las cuatro piezas del ciclo Mädchenblumen entre obras de Boulanger y Chaminade, para dar en este caso, según las propias palabras de Sabine, voz a las mujeres. Su propia voz llegó a coger calor expresivo en la mitad de la segunda parte, con Ma première lettre, de Chaminade, una sugerente historia en la que una mujer encuentra su primera carta de amor y no es capaz de reconocerse en ella.
Muy interesante y expresiva resultó la elección de tres canciones del ciclo Six Chansons françaises de Tailleferre. Pordoy tuvo otra interpretación a solo del Hommage a Édith Piaf de Poulenc. Pero verdaderamente la velada llegó a su culmen en la penúltima pieza: Tay toy, babillarde arondelle, del ciclo Chansons de Ronsard de Milhaud, donde Sabine Devieilhe desplegó todo su armamento de trinos, agilidades, sobreagudos, letra a una velocidad imposible y gracia intepretativa. El broche final del recital con el popular Hymne à l´amour de Marguerite Monnot desató los aplausos del público que dieron paso a hasta tres bises. Ojalá en algún momento todos los artistas ofreciesen un recital solo de bises. En este caso pudimos deleitarnos con el Vocalise en forma de Habanera de Ravel, Una noche en el gallinero: una pieza de la opereta francesa Shnock, de Rigaux, con mucha chispa en la que de nuevo Pordoy tuvo un papel principal con su línea de cacareos. Y terminaron como comenzaron, de nuevo con Loreley, dando al público explicación de lo ocurrido y porque como dijo Pordoy: “somos perfeccionistas». Como influencers de moda, se despidieron del público formando sendos corazones con las manos y saliendo del escenario corriendo entre bambalinas.
En la recoleta plaza que forma la entrada del teatro en la calle Jovellanos estaba esperando a la cantante un emocionado grupo de jóvenes. Sabine atendió a cada uno con verdadera amabilidad firmando los programas y preguntando por sus vidas. Al saber que eran todos estudiantes de canto se despidió de ellos diciendo: “entonces en un futuro yo compraré entradas para veros a vosotros”.
Desde Cámara y Telón pudimos hacerle una pregunta en exclusiva:
CyT: ¿Qué consejo le darías a un joven cantante cuando llegue a cantar en un tipo de recital como este, tan expuesto e íntimo?
Sabine: Que respete su resonancia. Que no busque querer proyectar la voz, dar solo hacia fuera, que busque resonar para sí mismo y entonces todo fluirá hacia afuera.
Una bonita reflexión que cierra el círculo y le da voz a ella misma. Emplazamos al público a las siguientes fechas del Ciclo de Lied que ya serán en el año próximo. El lunes 20 de enero actuará el bajo Franz-Josef Selig junto a Herold Huber al piano. Entradas en la web del teatro y en las taquillas de la red de teatros del INAEM.