
“No le tengo miedo a los muertos, le tengo miedo a los vivos”
Desde pequeñas se nos prepara para andar con cuidado, se nos educa con el terror y el miedo: mejor ser precavidas, porque sabemos que el peligro puede estar acechando en cualquier esquina. Con cualquier extraño. Como el lobo en caperucita, las niñas nunca estamos a salvo.
Asistimos al Centro Dramático Nacional, para ver la obra “Primera Sangre” de la dramaturga y directora Maria Velasco que toma el caso dramático sacudiendo a Burgos en 1991: la desaparición y muerte de Laura Domingo. Una niña de seis años que fue secuestrada y asesinada mientras jugaba con sus vecinos en la calle del barrio de Capiscol.

Las niñas se parecen más a los cerdos que a las flores.
La obra comienza con una proyección “Los tres cerditos” de Disney, para luego pasar a una turbia escena de un film frances “Le Cochon danseur” (1907) donde vemos a un cerdo hacer un danza macabra. Y por último terminar con la escena de Michael Haneke en “Benny’s video”, donde un cerdo es sacrificado. De esta angustiante y terrorífica forma se instala la premisa de la muerte de una niña.
De ahora en más la figura del fantasma de Laura (interpretada por la bailarina Javiera Paz) volverá recordarnos que la violencia ejercida sobre su cuerpo es el terror ejercido sobre nuestro crecimiento. Somos las hijas del miedo.
Frente a esta trágica pérdida y el miedo de que les pase lo mismo a ellas, veremos a los personajes de María (Valeria Sorolla) y Zaira (María Cerezuela) crecer en medio de incertidumbres, los años 90, el punk, los primeros besos y la constante angustia de no saber jamás qué sucedió con su amiga. Así la obra entra en la adolescencia de estas niñas y se pregunta:¿Crecemos cuando tenemos la primera regla o cuando tomamos conciencia del terror que nos acecha?
A todo este universo opresivo se le suman dos personajes más: una monja (Vidda Priego) que intentara abordar con ternura el temor de María y un detective (Francisco Reyes), padre de Zaira, alcohólico, cuyo fracaso y desarrollo lo llevará a tomar conciencia de lo ocurrido.
La escenografía cuenta con un patio de juegos maltratado, cubierto de tierra (marrón, parecida a la menstruación) así como también con la participación de las esculturas del pintor Enrique Mart, cuya instalación nos remite a los cuerpos mutilados y masacrados de las niñas desaparecidas.
Sin duda, la pieza es una compleja y enriquecida dramaturgia que denuncia el sistema del miedo en el que crecemos las niñas, pensando que la calle nunca podrá ser nuestra. Es un grito de basta, una manifestación de rabia, un pedido de ayuda, una venganza y una voz a todas aquellas niñas, adolescentes y mujeres que un día salieron de sus casa y nunca más volvieron. Esta obra implica un llamado al recuerdo y a la toma de conciencia: sus cuerpos no están, pero ellas siguen existiendo.