El pasado jueves tuvimos la oportunidad de asistir al reestreno de Nuestros muertos, la impactante obra escrita y dirigida por Mariano Llorente, que regresa a la sala Cuarta Pared tras el rotundo éxito de la temporada pasada. Esta pieza, que transita entre la memoria histórica y las heridas emocionales más profundas, es un recordatorio esencial de la necesidad de escuchar, especialmente en estos tiempos convulsos de polarización y falta de conciliación.
Desde los primeros momentos de la obra, el espectador se encuentra inmerso en un espacio sencillo pero poderoso: una mesa, dos sillas y cuatro actores que lo llenan todo. La escenografía, diseñada por Laila Ripoll, es minimalista, pero no por ello menos elocuente. Cada objeto y cada silencio está cargado de significado. Este escenario austero se convierte en el lugar donde las palabras y los recuerdos cobran vida, donde las emociones se desbordan y donde la audiencia se ve confrontada con preguntas esenciales sobre la condición humana.
El texto de Llorente nos lleva a un encuentro entre una madre octogenaria, interpretada magistralmente por María Álvarez, y el preso arrepentido de ETA que acabó con la vida de su hijo, encarnado por Carlos Jiménez-Alfaro. Pero la obra no se detiene ahí: a través de los «ecos» representados por dos jóvenes actores, Clara Cabrera y Javier Díaz, revivimos los recuerdos que atormentan a los protagonistas. Ella, niña de 8 años en la Guerra Civil, es hija de un alcalde republicano asesinado. Él, joven fanático, es un etarra que todavía no comprende la magnitud de su violencia. Este juego de espejos entre las diferentes violencias y generaciones es uno de los grandes aciertos de la obra.
Lo que se queda con el espectador al salir de la sala es una profunda reflexión sobre la escucha. Si esta madre es capaz de sentarse frente al hombre que asesinó a su hijo, ¿por qué nosotros somos incapaces de escuchar al otro en nuestras diferencias más triviales? En un momento histórico en el que las opiniones se polarizan con tanta facilidad y parece imposible encontrar puntos de encuentro, Nuestros muertos nos recuerda que la escucha activa no solo es un acto de valentía, sino también de humanidad.
La obra también aborda de manera contundente la importancia de la memoria, no como un ejercicio estéril de recordatorio, sino como una forma de entender las heridas del pasado para construir un presente más empático. La memoria aquí no es un lujo ni un capricho: es una herramienta de supervivencia y reconciliación.
En definitiva, Nuestros muertos no es solo una obra de teatro; es una experiencia que sacude, interroga y conmueve. Es un testimonio de que el arte tiene el poder de ayudarnos a reflexionar sobre lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Si aún no la has visto, no dejes pasar la oportunidad. Estará en cartel en la sala Cuarta Pared por tiempo limitado, del 16 de enero al 1 de febrero de jueves a sábados.
Laura Caso
